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Aprender a envejecer
Por
Angel Gutiérrez G.
Publicado:
17 Diciembre 2018
Leido 184 veces
En la juventud "aprendemos" y con la edad "comprendemos".
CONTACTO MARISTA. Hay personas que, en el otoño de su vida, se encuentran ante un horizonte absolutamente nuevo en el que se sienten desconcertados.
Estas personas, que hasta esta fecha habían sido profesores y especialistas de alguna faceta de la vida, resulta que aún tienen que aprender algo: ¡Tienen que aprender a envejecer!

José Antonio Marina, filósofo y pedagogo español, dice lo siguiente: “Hasta no hace mucho tiempo se pensaba que la educación era cosa de niños, porque su objetivo era enseñar a crecer, a convertirse en adultos. Ahora estamos convencidos que hay que aprender también a envejecer”.

 Aprender a envejecer es saber adaptarse a una nueva vida, que sigue ofreciendo infinidad de alternativas: el adulto de edad avanzada dispone de más tiempo para salir a la calle, al campo o de paseo; o para hacer ejercicio físico, conocer lugares de su ciudad de los que siempre pasó de largo; o puede dedicarse a leer y así mantener vivas las facultades mentales.

Aprender a envejecer es ser capaz de ver la vida desde su lado positivo. El peor enemigo de la vejez es la vejez misma. El deleitarse en los propios achaques, el quejarse de que no se es útil y dejarse llevar por la desilusión hará más anciano al anciano. La vejez no son años acumulados, sino un estado de ánimo.

 El novelista y ensayista francés André Maurois afirmaba: “El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza”.

Aprender a envejecer es crecer en humildad para asumir, el deterioro del propio cuerpo y sus limitaciones cada vez más numerosas, es volver a recuperar aquella niñez que los años dejaron ya muy atrás y como un niño, pasa a depender de los cuidados de otros. El mismo Jesús ya nos previno al respecto: “Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías, pero cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”.

 Aprender a envejecer es saber encajar los golpes de la vida, precisamente porque son ley de la vida: el anuncio de una enfermedad grave, la muerte de un ser querido o la de un amigo de la infancia no han de sorprendernos según vayamos cargándonos de años.

 La vejez solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero sólo puede ser vivida mirando hacia delante.

 En la juventud “aprendemos” y con la edad “comprendemos”.

 Envejecemos cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos olvidamos de los demás. Envejecer no es preocuparte, pero ser visto como un “viejo” sí lo es. La tristeza del pasado y el miedo del futuro no deben estropear la alegría del presente.

 En la vejez sigue habiendo motivos, quizá más que nunca, para dar gracias a Dios por la vida, aunque sea achacosa; muchos se quedan antes por el camino. Y hay motivos quizás también más que nunca, para pedir a Dios por la misma vida.

 Un saludo cariñoso para todos los adultos mayores de nuestra ciudad y de la Séptima Región.
 

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