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A la luz de una vela...hace 10 años
Por
Francisco Contreras R.
Publicado:
27 Febrero 2020
Leido 338 veces
Diez años han transcurrido desde aquel 27 Febrero (03:34:11 am)
27/F 2010. Crónica publicada en el anuario del colegio el año 2010 y que replicamos al cumplirse un decenio del terremoto 8.8 y posterior tsunami. ¿Cuánto hemos cambiado como personas, como sociedad? ¿Cuánto han cambiado nuestros protocolos y procedimientos ante situaciones críticas como las que vivimos en esa oportunidad? Saque usted sus propias conclusiones.
A LA LUZ DE UNA VELA

"Se nos cayeron muros y casas completas. Muchas cosas materiales a las que les teníamos cariño desaparecieron ante nuestros ojos sin que nada pudiéramos hacer. Perdimos seres queridos y de un momento a otro nos sentimos solos y desamparados" (P.Sordo)

Una hermosa luna llena nos acompañaba una noche que muchos de nosotros difícilmente olvidaremos.

La madrugada del sábado 27 de Febrero de 2010, todo el centro-sur de nuestro país recibió el embate de la onda sísmica de uno de los terremotos más intensos de los que tenga registro la humanidad. Una onda sísmica que en dos puntos de fractura (epicentros en Curanipe y Cobquecura) abarcaron una amplia zona del territorio comprendido entre la quinta y décima regiones registrando su huella con una magnitud de 8.8 richter según avalaron la fuentes del Departamento de Geofísica de la Universidad de Chile y del United States Geological Survey´s (USGS).

Lo que parecía ser un normal retomar de las actividades luego del período estival se transformó en una pesadilla que en prácticamente tres minutos nos cambió la vida. O por lo menos eso ocurrió en los primeros días.

"Tanta importancia que le damos a la tecnología y nos costó días poder llegar a comunicarnos con zonas cercanas y lejanas. Volvimos a usar el lápiz y muchos de nosotros nos recriminamos por no sabernos los números de teléfonos y por no tener batería para comunicarnos…"

Al caos e incertidumbre inmediata al sismo se sumó la falta de energía eléctrica y agua potable. Signos de un marcado desamparo con el cual no estábamos acostumbrados a vivir ni a convivir. Estábamos absolutamente desconectados. Los elementos de última tecnología con los que hemos dotado nuestros hogares y trabajos, la comunicación instantánea a través de la telefonía fija o móvil, internet tuvieron un cuasi postrer réquiem de despedida al no ser capaces de cumplir con el objetivo para el cual fueron pensados: comunicarnos. La emergencia por su magnitud las había superado con creces.

La luz de una vela comenzó a ser compañera de largas jornadas nocturnas. Tiempo de cuidar a la familia. Intentar saber alguna noticia de los familiares, los amigos…

"Todo quedó a oscuras, todo quedó en silencio, como una invitación a mirar a lo más profundo de nuestra alma…"

En nuestra apacible ciudad, Curicó, su rostro amable había mutado por uno de desolación nítidamente evidenciables en el casco antiguo de su añoso centro. El derrumbe de la Iglesia de San Francisco era el preámbulo para constatar cómo casi la totalidad de las iglesias, edificios públicos, hospital, departamentos y casas se habían desplomado o presentaban notorias y ocultas señales de daño severo. Lo que no había derribado el terremoto debería caer bajo la picota del hombre para salvaguardar la integridad de las personas.

Nuestro colegio que estaba presto a iniciar a la semana siguiente su año escolar debía forzosamente detener su marcha al igual como muchas otras escuelas. Había que revisar, limpiar, ordenar. Había que recabar noticias sobre nuestros estudiantes, sus familias; sobre el personal de nuestro Instituto San Martín.

Numerosas manos comenzaron a entrelazarse para dar los primeros pasos para informar, para estar a disposición y ayudar. Constatamos además que el antiguo edificio de calle Carmen, único vestigio arquitectónico que nos quedaba desde la década del treinta tenía graves daños estructurales que aconsejaban su inmediato desalojo y distribución de las dependencias administrativas en otros espacios de nuestros edificios colegiales.

Todo esto que nos ofrecía un panorama desolador era la cara externa de nuestra precariedad física. Pero, ¿qué ocurría en nuestro más recóndito e íntimo interior?

"Tuvimos miedo, pena, rabia, nos sentimos frágiles, pequeños y vulnerables. Todo esto sólo nos lleva a concluir que en esos minutos fuimos más que nunca verdaderamente humanos. Sin muletas, sin ataduras, sin dependencias. Desde nosotros tenían y debían salir todas las soluciones. Poco de lo de afuera nos servía. La oscuridad nos hacía mirar sombras, bosquejos, nos invitaba a escuchar latidos, ritmos respiratorios, abrazos... El glamour, las "fachas" y las ropas dejaron de importar. Perdimos pudores, nos volvimos simples, sensitivos, empáticos y cariñosos..."

Tal vez esta ha sido una de las pocas veces en que nos hemos sentido tan vulnerables. La vida -para muchos- pendió de un hilo frágil y delgado. En otras historias de vida supimos de aquellos que no corrieron igual suerte a la nuestra. A aquellos que ya habían partido producto de lesiones traumáticas en los mismos instantes en que ocurría el cataclismo se sumaban los que morirían ante el posterior tsunami que arrasó con nuestro litoral. Caletas, bahías y puertos eran también presa de lacerantes heridas con huellas de dolor impactante.

Fuimos vulnerables. Lloramos en silencio o abiertamente. También fuimos capaces de reencontrarnos con los nuestros, con los vecinos. Necesitamos y nos necesitaban; aún de los más distantes. Nos necesitábamos todos. Nuestros hogares dieron paso a un mayor diálogo y comprensión. Acoger, entender, simplemente tratar de comprender al que lo estaba pasando mal.

Ser aliento y entregar una mano extendida para decir "estoy a tu lado".

Movilización masiva del instituto. Desde alumnos a profesores, administrativos y auxiliares dispuestos a poner en pie el colegio. Dispuestos a salir y ayudar.

Una cadena y un puente solidario se tendieron para acudir y ayudar, primeramente, a los nuestros. Casi en paralelo acopiar y trasladar la ayuda hacia los poblados cercanos a Curicó: Hualañé, Rauco, Sagrada Familia, Iloca y muchos otros fueron parajes en los cuales la ayuda marista centró su servicio.

El apoyo de otros colegios de la congregación sumó fuerza a la tarea emprendida por muchas organizaciones y particulares para paliar el dolor en jornadas titánicas.

"El terremoto, fue como un gran colador que mostró lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Comenzaba el desafío de recuperar la sabiduría de los que no saben nada. Apareció una crisis valórica que tendremos que revisar cuando ya estemos en pie. Los chilenos tenemos que aprender mucho de la solidaridad, de esa que no tiene que ver con campañas, esa de todos los días. Nos falta respetarnos y tolerarnos más. Aceptar que en la empatía está la verdadera solidaridad. Entender que donar cosas no implica hacer un orden en la casa y sacar lo que no nos sirve. El que haya llegado a la Cruz Roja un solo zapato en vez del par, es francamente digno de análisis. Y hay que sumar el hecho de que en una campaña solamente no se muestra nuestra capacidad para dar, eso es de todos los días…"

¿Crisis valórica? Por supuesto que sí. Supimos de saqueos en diversos lugares de nuestro territorio. Robos y cobros desmedidos por bienes y servicios.

Falta de actitud y capacidad de reacción de nuestras autoridades y organismos que deberían haber velado por estos aspectos. Sin embargo, hubo acciones humanitarias, de verdadera solidaridad que en el colegio y en una multiplicidad de personas e instituciones se manifestó espontáneamente. Pero esto no puede ser para un momento, no debe ser para salvar una crisis (y tendremos siempre muchas y de variada índole).

¿Cómo dejarnos traspasar por un real y verdadero sentido de solidaridad, de compañía, de verdadera y franca cercanía? Sin doblez, sin segundo interés.

Debemos aprender de lo ocurrido. ¿Cómo? Tal parece que un signo clave es aprender a "empatizar", eso que la Real Academia de la Lengua define como la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo del otro. Es decir, una disposición psicológica natural de la persona para comprender y entender a la persona que se tiene enfrente. Un simple "ponerse en los zapatos del otro".

Mucho nos queda aún por hacer en ese sentido. Como personas, como sociedad. Tiene que ver con nuestro pensar y hacer diario. Siempre hay una nueva oportunidad para cambiar y enmendar rumbos.

"El terremoto del alma es el más lento de sanar. No nos sirve para ello, el dinero, la tecnología y tantas otras cosas en las cuales nos apoyamos. Todo nos sirve y nos ayuda pero tendremos que pararnos desde adentro para que lo que construyamos afuera sea de una solidez que el próximo remezón no sea capaz de botar".

El balance final de este desastre nos acusa un triste dato: más de medio millar de personas (525) fallecieron producto del mega sismo (272 en la región del Maule), más 23 desaparecidos. Millonarias pérdidas en infraestructura pública y privada. Otros datos de los sistemas de los Sistemas de Posicionamiento Global (GPS), indican que la ciudad de Concepción se trasladó un poco más de tres metros hacia el oeste y que el eje terrestre se inclinó casi 10 centímetros.

Todo se nos movió ¿O casi todo?

Las cifras reflejan la inconmensurable repercusión de un terremoto que destruyó, quitó vidas, aunó voluntades y movilizó a las personas para ayudar.

Sin embargo, cabe preguntarse hoy día ¿Cuánto de esas repercusiones o réplicas –desde una perspectiva muy personal e íntima- nos han cambiado la manera de enfrentar la vida?

Ud. amigo (a) lector saque sus propias conclusiones… A la luz de una vela.
 

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