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Cuatro violetas siempre vivas (Contacto Marista)
Por
Angel Gutiérrez G.
Publicado:
30 Octubre 2017
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21º Aniversario de los mártires maristas en Zaire
El martes, 31 de octubre, la familia marista recordará con mucho cariño y veneración a los queridos Hermanos Fernando de la Fuente (Chile), Servando Mayor, Julio Rodríguez y Miguel Angel Isla, asesinados el 31 de octubre de 1996 en el campo de refugiados de Nyamirangwe (Zaire).
21º ANIVERSARIO DE LOS MARTIRES MARISTAS EN ZAIRE
CUATRO VIOLETAS SIEMPRE VIVAS



Cuatro insignes misioneros, cuatro antorchas encendidas que por amor se apagaron el último día del mes de las misiones.
 Cuatro mártires de la solidaridad que “amaron hasta el final”. Cuatro violetas siempre vivas que adornarán el jardín del mundo marista. Cuatro misioneros, “mensajeros de esperanza para el mundo”.

 Han transcurrido 21 años y su recuerdo permanece vivo entre nosotros y sus familiares. En una de sus cartas nos decía el Hermano Fernando: “Somos el apoyo principal de esta gente desamparada y ya sin esperanza”.

 Tuve la suerte de vivir seis años con el Hermano Fernando, tres de los cuales fui su superior. Éramos amigos y su muerte me causó un dolor profundo hasta derramar abundantes lágrimas.

 Fernando era un hombre radical, transparente, sencillo y enamorado profundamente de Dios. Prefería aplaudir a ser aplaudido. Sabía llegar a las almas con una delicadeza suma. Era un hombre de paso, sin apego a nada ni a nadie, con ansias de infinito, pero dejaba huella en el corazón cuando pasaba. Más de una vez escribió: “Hay que saltar del corazón al mundo. Hay que construir un poco de infinito para el hombre”.

 Estos cuatro hermanos nuestros “amaron hasta el final”. “Murieron abrazando la imagen más negra del amor de Dios, el martirio”. Ojalá queridos miembros de la familia Marista que el recuerdo de estos santos mártires maristas nos ayude a vivir, con ellos, el mandamiento del AMOR hasta el final y ser solidarios con los más pobres.

 Su testimonio nos interpela fuertemente. Si su muerte no cambia de alguna manera significativa nuestras vidas, nosotros seremos los realmente muertos.

 Que su sangre pacifique a África, remueva la conciencia dormida y egoista, suscite en todos nosotros dosis importantes de generosidad y audacia al servicio de los más desamparados.

 Han transcurrido veintiún años y “aún se escucha su voz”. Es Dios que nos interpela a través de ellos. No nos ha hablado, nos ha gritado. Sus gritos eran los de miles de pobres sin pan, sin hogar, sin patria y sin nada y como no los oíamos, ha tenido que gritar más fuerte y su voz se ha teñido de sangre.




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